Miguel Brieva: “Los publicistas son los curas de la religión actual, la del dinero”

Miguel Brieva

Miguel Brieva y el color del cristal con el que miramos. Foto: David Fernández.

Miguel Brieva acaba de publicar La gran aventura humana, un nuevo volumen en su particular enciclopedia con la que, tomo a tomo, propone desaprender por vía de la ironía.

(Entrevista publicada en el blog de El Salto el 21 de mayo de 2017)

Cuenta Miguel Brieva (Sevilla, 1974) con cierto orgullo que hace poco una alumna le espetó, durante una charla en un instituto, que es un “amargado”.  Recibir ese apelativo es quizá el riesgo que asume quien, como él, se dedica a divulgar que no importa tanto si el emperador va o no desnudo –minucias para desviar la atención– sino que lo relevante es preguntar cómo sería la vida sin emperador.

Brieva lleva varios años sembrando ese interrogante a través de ilustraciones, carteles y diversas publicaciones que han acabado siendo superadas por el espejo deformante de la realidad. El vitriolo de unas viñetas implacables con el capitalismo torna en mero costumbrismo al confrontarlas con lo que sucede fuera de ellas.

Su nueva obra, La gran aventura humana (Reservoir Books, 2017), presenta forma de ensayo gráfico y abunda en la crítica irónica sobre la concepción del progreso que nos ha traído hasta aquí. Si una enciclopedia se pudiera pinchar al revés, como un vinilo, lo que se leería sería parecido a estas páginas. Es un trabajo muy Brieva, muy reconocible en su estilo, que recopila muchas ilustraciones que habían sido utilizadas previamente en libros de tirada reducida o carteles de festivales de escasa repercusión.

Desde que iniciara a principios de siglo la publicación autoeditada Dinero, revista de poética financiera e intercambio espiritual, ha visto cómo su trabajo adquiría tintes proféticos.

Entre el Miguel Brieva de entonces y el de hoy media el “cambio que hemos vivido en los últimos 15 años, desde que empecé con la revista”, resume a El Salto. “Entonces esos dibujos eran una respuesta ante la desazón de ver una realidad que vivía en una especie de espejismo hipnótico, de crecimiento, de burbuja inmobiliaria en pleno subidón subidón. Hablar de capitalismo o poner en cuestión el dinero era anatema, una cosa tan vintage y desfasada que no tenía ningún sentido”.

Lo que nos ha pasado en este tiempo, explica, llenó de significado ese trabajo y también ha hecho virar el objetivo que persigue: “A raíz del 15M y de una mayor conciencia social, lo que urge ahora no es seguir mostrando mediante la sátira lo que todos sabemos, porque se convierte en redundante, sino que el verdadero esfuerzo creativo que deberíamos hacer es el de imaginarnos otro mundo posible. Frente al aluvión de consignas de que éste es el mejor mundo de los posibles, hay que hacer justamente ese esfuerzo de imaginación”.

Para ello, aboga por fijar una misión clara para quienes tienen la posibilidad de generar realidad, la de abrir puertas y ver qué sucede: “Cualquier trabajo creativo que ahora no pretenda sugerir, aunque sea de manera sutil, la posibilidad de otro mundo mejor, no sirve para nada”.

¿Propones una especie de realismo mágico?

Trato de profundizar en las raíces más antropológicas. Si no entendemos de dónde venimos, lo que somos, lo que nos ha hecho seres humanos, es muy difícil que podamos alumbrar algo distinto. Está por ver si la escala en la que está ahora la civilización humana permite esa readaptación o estamos ya condenados. Como no tengo certeza de que estemos condenados, soy esperanzado y creo que hay que hacer hasta el último minuto lo que esté en nuestra mano. Pero no puede ser una cuestión de pose o actitud sino que tiene que ser un compromiso vital.

Para arrancar, habría que hacer una contraofensiva creativa o de la imaginación en contra de la publicidad, de las historias de entretenimiento que son la misma cosa una y otra vez o esas otras que son audaces pero acaban concluyendo que “el mundo es así, una mierda”.

Lo que lleva haciendo Adbusters bastante tiempo: dar la vuelta a la publicidad con su mismo lenguaje.

O los situacionistas, sí. Cuando empecé, como no había leído tanto, era una cosa intuitiva, por divertimento, como habrán hecho miles de personas. Poco a poco me fue llegando la sospecha de que ahí estaba uno de los quid profundos de la cuestión, la construcción de relatos, de imaginarios, el deseo,… Por eso asocio mucho la publicidad con los ritos, con los curas. Para mí, un publicista es el cura de la religión actual, la religión del dinero. Nos hacen creer que eso es lo que hay, a lo que tenemos que aspirar y que el mundo es así. Nos hacen un cerco y nos dicen: “el mundo es esto”.

En su apariencia formal, la publicidad es infinita: lo mismo te enseñan planetas que la selva o unos chicos estrafalarios haciendo cosas supuestamente originales y libres, pero en el fondo todo se resume en una moraleja, que es la de que compres, que consumas.

Frente a eso, es obvio que hay un filón comunicativo en darle la vuelta a esos mensajes, un decodificador que permitiera traducir como si el de la publicidad fuera un lenguaje alienígena. Yo trato de leer así la realidad y creo que mucha gente lo hace, porque se da cuenta de que todo es un cúmulo de falsedades.

Cualquier trabajo creativo que ahora no pretenda sugerir, aunque sea de manera sutil, la posibilidad de otro mundo mejor, no sirve para nada

¿Entiendes que se pueda calificar tu trabajo como moralista?

No me parece mal. Hay una acepción de la moral o de la moralidad, que es la de una supuesta superioridad ética sobre los demás, en base a unos preceptos arbitrarios como los que monta determinada religión, que es horrible. Pero que en un momento como éste, la empatía más básica, la capacidad de colaboración que es lo que nos ha hecho humanos, se ponga en tela de juicio…

¿A quién se dirige tu obra?

El primero de todos, a mí. Siempre he hecho mi trabajo como una especie de primeros auxilios propios, es una necesidad de responder a las cosas que me inquietan, que ignoro o que no me explico. Las trato de apresar mediante los dibujos. Pueden llegar a cualquiera, trato de utilizar recursos que son muy asequibles a todo el mundo, el propio lenguaje del cómic, el lenguaje gráfico. Aunque me he dado cuenta de que las nuevas generaciones no leen cómic. Pero los mayores tenemos fresca en la retina la iconografía de los tebeos.

Frente a una objetividad o un uso de la razón instrumentalizado por unas fuerzas siniestras, cierta subjetividad un poco más honesta puede llevarnos a ver las cosas con más verdad que esa supuesta objetividad que, en el fondo, es profundamente irracional.

¿Qué efecto puede tener si el público ya comparte el código que empleas y el diagnóstico que haces?

Hay gente que lo hace buscando el reconocimiento de sus propias ideas. Yo mismo compro libros que, básicamente, apuntalan lo que pienso, y lo que busco en ellos son matices. Aunque si hay un libro que es capaz de poner en solfa todo lo que pienso, también lo compro.

Pero espero llegar a un público más amplio y la idea de conjunto es quizá lo que yo le podría contar a mi hijo sobre qué es el mundo, a rasgos generales. Es algo que está ahí, en las charlas que hago en institutos pregunto a los chavales, tengo interés en cómo entienden las cosas y cómo las transmiten.

Miguel Brieva

Miguel Brieva, durante la entrevista. Foto: David Fernández.

Haces trabajos por militancia pero eres profesional, vives de esto. ¿Cómo conviven ambas facetas?

De la misma manera. Me lo tomo con la misma dedicación y tiempo. Cuando la remuneración no es mercantil sino una apuesta por hacer otras cosas, que a veces tiene más sentido, lo hago con la misma profesionalidad. Un médico cura igual si lo hace por dinero o sin, o debería.

Colaboras con Ecologistas en Acción, has publicado en Diagonal, en El País, los libros salen en Penguin Random House. ¿Cómo afecta el hecho de dónde se va a publicar?

No afecta mucho, realmente. La editorial siempre me ha dejado hacer lo que me diera la gana y han sido muy respetuosos. He tenido algún episodio de medio censura en El País y también un poco en El Jueves. Siempre tiene que ver con las marcas anunciantes. Cuando trabajas para ti, no hay criba, haces lo que te apetece en ese momento. Al hacerlo para un medio, tienes conciencia de que va a ser leído, hay una preocupación gremial. Hay muchos registros y lo suyo es buscar los lugares donde puede salir cada registro.

¿Te genera tensiones publicar en un gigante editorial, viniendo de la autoedición y de esa militancia?

Ser ciudadano del primer mundo en la actualidad es estar atravesado por un millón de contradicciones. Más que ensalzar la pureza absoluta, que creo es contradictoria con pertenecer a la sociedad y pasaría por aislarse de un modo brutal, me parece peligroso ese argumento porque a veces se usa desde lugares no muy nobles.

Esa contradicción la puedo sentir con esto pero también cuando compro en un supermercado… Las ramificaciones de cada uno de nuestros actos son tan brutales, todo el uso energético que hacemos cada día sin pensarlo, de dónde viene esa energía… Son tantos planos. En cualquier caso, no tengo una respuesta resuelta sobre este tema.

Tienes un diario con una trayectoria tan lamentable como la de El País, pero sin embargo yo agradezco ver la viñeta de El Roto allí todos los días. No sé si es una contradicción de él o del periódico.

Debord apostó por una actitud mucho más purista buena parte de su vida: la sociedad del espectáculo va por un lado y lo absorbe todo, entonces yo voy a ser más hermético.

Pero eso te lleva al suicidio.

O a la insignificancia. En algún punto intermedio entre la insignificancia y ser una parte miserable de todo este torbellino es donde están estos trabajos.

Llama la atención que en el libro aparezca la licencia Creative Commons en la misma página que el copyright.

Es especialmente ridículo. El copyright del autor y el de la edición son inalienables, pero haber añadido ese texto es completamente ridículo. Lo que hace la licencia copyleft es plantear que si alguien se pone a fotocopiar este libro, nadie lo pueda meter en la cárcel. Es un gesto, no sé hasta qué punto es absurdo, estéril o meramente simbólico.

Tal y como me imagino la sociedad, más cabal, más sostenible y basada en la felicidad humana, probablemente no existirían los profesionales de la cultura

El titular de una entrevista que te hicieron en Jotdown en 2011 era: “El trabajo creativo no debe tener como objetivo el lucro”. ¿No es desvalorizar la dimensión laboral de ese trabajo?

Esto de los periodistas, todas las frases sacadas de contexto, la propia idea de titular (risas).

Es uno de los quid. Las nuevas tecnologías han afectado especialmente a cierta parte de la industria cultural y se ha centrado el debate ahí, cuando debería ampliarse a todo: la propiedad, la idea de competitividad o de colaboración.

La cultura popular es un ecosistema más saludable que el mercado. Por ejemplo, la música popular que, en muchos casos, se construye por aficionados pero también por profesionales que se ganaban la vida tocando como se la pueda ganar un zapatero. El salto exponencial que provoca la industria lleva a esa idea de que los artistas son millonarios, que la gente quiere el éxito por el dinero,… Ese encadenamiento perverso es provocado por la industria.

Pero hay un lado peligroso, que es que sólo se pueda dedicar al trabajo cultural quien ya tiene la espalda cubierta porque tiene otro trabajo o es rentista. Si estás regalando tu trabajo es porque te lo puedes permitir.

Pero eso no era así en el arte popular. Es verdad que la industria aún tiene mucho peso, pero por ejemplo en la música, hay muchos grupos que se autoproducen, que su música es objetivamente mucho mejor y más interesante que la que se hace desde la industria. Los contenidos los está creando gente aficionada. Estamos en un nudo gordiano.

Con respecto a la profesionalización de la cultura, de algún modo pienso que la creatividad está en todo el mundo, probablemente igual que la curiosidad científica. Es el modelo educativo y la propia sociedad la que va constriñendo nuestras potencialidades. Tal y como me imagino la sociedad, más cabal, más sostenible y basada en la felicidad humana, probablemente no existirían los profesionales de la cultura, sería algo que se ejercitaría masivamente por toda la población, sería una actividad más transversal, menos segmentada. Vivimos en una sociedad que es una puta cadena de montaje y los seres humanos no somos tuercas.

Pero el material generado por el trabajo cultural forma realidad, a través de los mensajes que trasladan libros, canciones, películas… Si con ese trabajo no se puede vivir, quien puede generar esa realidad es quien tiene dinero. ¿Qué mensajes va a mandar?

Ahora se da ese doble flujo: por un lado, la industria ha decidido que ellos van a fabricar la cultura. Sus ejecutivos y técnicos van prefabricando productos envasados asquerosos que no tienen nada de verdad ni de arte pero son el sucedáneo que le dan a la gente.  Salchicha de pollo triturado con hueso de rata. Y luego están quienes, gracias a las nuevas tecnologías, graban sus canciones, sus cortos,…

Pero no se pueden ganar la vida con ello.

Es que vivimos en una sociedad completamente desquiciada. ¿Por qué la mayor aspiración de la gente es ganar 700 euros trabajando en una franquicia? Estamos en un callejón sin salida estructural. Tendemos a ver las problemáticas por separado, cuando pasa lo mismo en todos los sitios.

¿Hasta qué punto la vocación funciona como una especie de engaño en estas profesiones creativas de las industrias culturales, como una coartada para aguantar condiciones inaceptables en cualquier otro trabajo? Lo aguantas porque es tu vocación, tu canción, tu libro, tu artículo y sale tu nombre.

Claro, estoy totalmente de acuerdo. Pero entre estar poniendo cafés desde las 7 de la mañana o hacer otra cosa… Parto de que todo está mal. Volviendo a la frase del titular de esa entrevista, a lo que me refería es que me siento privilegiado con poder ganarme la vida modestamente dibujando, sabiendo que el 90% de la población está haciendo cosas con las que no siente ningún tipo de identificación.

Luego está esa fantasía generada por la industria del entretenimiento de enriquecerse o esa idea que tu genialidad, lo que aportas como artista, merece ser retribuida, cuando la mayoría de la gente está haciendo cosas totalmente alienantes.

En el último año se han producido condenas de prisión por letras de canciones y episodios como la detención de los titiriteros, ¿de qué manera afecta a tu trabajo este ambiente censor?

En mi trabajo, hasta ahora no mucho. A nivel humano, mucho, porque me parece muy triste y confirma que nos encaminamos hacia una dictadura ya de facto. Ahora estamos en una dictadura encubierta, con forma democrática, pero se ve que las élites están inquietas. Son pura mafia, esto se ha puesto cada vez más de manifiesto, y tienen miedo a perder el control.

Si te fijas, las autoridades son especialmente sensibles con las manifestaciones más llamativas. Determinadas formas de humor que no son tan explícitas o estridentes, contando con que el arte es sagrado y un campo libre, pueden ser problemáticas en un nivel de dictadura más profundo. Lo de ahora son los primeros coletazos, en la segunda o tercera oleada irán contra cualquiera que tenga una idea disidente del mundo actual.

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