Screaming Trees, un halo de ceniza

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Este verano se han cumplido veinte años de la publicación de Dust, el último disco de los estadounidenses Screaming Trees editado mientras la banda seguía activa. Su mayúsculo epitafio llegó a las tiendas el 25 de junio de 1996 y supuso la última palabra de un grupo de rock imprescindible para entender el género en los años 90, aunque poco valorado en su momento.

Recupero en esta entrada un perfil sobre Screaming Trees que publiqué en el número 138 de la revista Todas las novedades (julio-agosto de 2005), con mucho agradecimiento a César Luquero, entonces coordinador de la revista, que me alentó a escribir sobre uno de los grupos a los que más he escuchado y disfrutado en la vida, con motivo de un recopilatorio publicado en aquellos días en Estados Unidos que incluía dos canciones inéditas.

Tras la separación de Screaming Trees –su último concierto fue el 26 de junio de 2000–, el cantante Mark Lanegan ha desarrollado una prolífica actividad, colaborando con Queens of the Stone Age y publicando discos junto a Isobel Campbell, Soulsavers o Gutter Twins, además de mantener su carrera en solitario. El guitarrista Gary Lee Conner publicó un disco muy interesante bajo el alias Microdot Gnome mientras que su hermano Van, bajista de Screaming Trees, montó la banda Valis y un sello discográfico, Strange Earth Records. El batería, Barrett Martin, ha desarrollado carrera académica como profesor y mantiene la banda experimental Tuatara, entre otros proyectos musicales.

En agosto de 2011 salió a la venta Last words: The final recordings, un disco grabado por Screaming Trees entre 1998 y 1999 que había quedado en el cajón de los olvidos en algún estudio.

Y ahora, el artículo. Muchas gracias por leer.

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La banda sonora de la película Singles, aquella fallida –por edulcorada– vista panorámica del epicentro de la actividad rockera mundial que fue la ciudad de Seattle a finales de la década de los 80, incluía dos joyas que justificaban por sí solas la adquisición del compacto y hasta el visionado de la cinta: State of love and trust, de Pearl Jam, y Nearly lost you, de Screaming Trees. Esta última, extraída como sencillo del disco Sweet oblivion (1992), supuso el punto más próximo a la notoriedad que alcanzó la banda de los hermanos Conner (Van y Gary Lee, bajista y guitarrista respectivamente) y Mark Lanegan (en el micrófono) mientras el cuarteto –completado a la batería por Barret Martin en sus dos últimas obras y Mark Pickerel en el resto– se mantuvo operativo.

Parecía que los años de trasiego en las profundidades y los graníticos discos registrados estaban a punto de obtener una recompensa largamente merecida. No fue así y lo que les aguardaba era un olvido más amargo que dulce, en realidad.

Ignorados por quienes lucían el rostro de Eddie Vedder en sus carpetas y completamente desconocidos para quienes encumbraron a Stone Temple Pilots, no es descabellado considerar a Screaming Trees como los grandes perdedores de la marejada provocada en los cimientos de la industria musical tras la publicación de Never mind de Nirvana. Injustamente, quede claro desde ya, puesto que su valía distaba océanos del reconocimiento comercial que otros sí acapararon. Pero ya se sabe que a río revuelto, ganancia de pescadores.

Dos peculiaridades separaban a los árboles chillones del resto de bandas del noroeste estadounidense  –del estado de Washington, sobre todo– cuya popularidad subió como la espuma al rebufo de Smells like teen spirit. Acaso estas notas distintivas expliquen parcialmente el aislamiento que padecieron. Una es una anécdota de carácter geográfico, ya que sus primeros discos no aparecieron bajo la etiqueta local Sub Pop, el sello de las fotos en blanco y negro, cuna de bestias pardas como Tad, Mudhoney o los mismos Nirvana, sino que lo hicieron a través de una marca de resonancia mítica en el mundo del hardcore, la californiana SST, pista de lanzamiento para luminarias como Minutemen, Black Flag o Hüsker Dü. Y la segunda atiende a motivos mercantiles: Screaming Trees fue de los primeros entre todos esos grupos, junto a Soundgarden, en dejarse tentar por los cantos de sirena y dar el salto a una multinacional.

Es decir, cuando los ojos del mundo giraron hacia Sub Pop y Seattle en busca de las nuevas promesas del “rock alternativo”, de los nuevos Nirvana, ellos ya tenían un disco bajo el amparo de una major, preparaban otro y no encajaban para nada en esa categoría. Tampoco las redes del, ejem, invento grunge les atraparon: ellos estaban allí antes de que todo eso ocurriera, antes de la urgencia mediática por clasificar y redefinir realidades previamente despreciadas, y allí continuarían después, cuando esa súbita atención se desplazara a otros escenarios.

Mark Lanegan, fanático seguidor de The Gun Club e imitador en sus inicios del timbre de Jim Morrison, y los Conner, enormes de tamaño y capaces de pelearse entre ellos durante una actuación, ya llevaban desde luego algunos años elaborando música abrasiva e hipnótica, reformulación de rock duro heredera a partes iguales de los calambrazos del punk, los riffs pesados de Black Sabbath y las ensoñaciones psicodélicas. Con el tiempo también algunos apuntes folk serían anotados, fruto del interés del cantante por el género, bien patente en su carrera en solitario, en la que visitaría en compañía de Kurt Cobain Where did you sleep last night? de Leadbelly.

Los títulos editados por SST muestran la formación y crecimiento de su propuesta, con especial relevancia para el último de ellos, Buzz Factory (1989), disco oscuro, denso y muy duro, que marcaría el fin de una etapa para la banda.

Su primer movimiento en aguas multinacionales, Uncle anesthesia (1991), les procuró la compañía de Terry Date y Chris Cornell en las tareas de producción y capturó buenos momentos – Bed of roses, Beyond this horizon o Alice said–, pero queda en penumbra ante lo que le sobrevino.

Cuando Sweet oblivion llegó a las tiendas un año después, nada era lo mismo. Pero pocas cosas cambiaron para Screaming Trees, pese a tratarse de su más completo disco hasta entonces y del momento preciso. Algunas, no obstante, sí lo hicieron, aunque para mal: la desilusión se instala en el seno del grupo, las trifulcas y adicciones amenazan con hacer estragos, Lanegan consolida ideas propias al margen del grupo junto a Mike Johnson de Dinosaur Jr, y, finalmente, Cobain, amigo muy cercano, aprieta el gatillo en 1994. Su desaparición fue el simbólico punto final para una generación de bandas llamadas a hacer grandes cosas desde modestos presupuestos iniciales.

Con semejante panorama, Screaming Trees, siempre remando a contracorriente, graban y desechan un erróneo álbum que no les convence nada pero que –otra paradoja más en su transitar– cuyas cenizas se convertirían en polvo de poso imperecedero y en su más grande obra antes de ser arrastrado lejos por los nuevos vientos.

Guía de escucha

Dust (1996)

Majestuoso en todos los aspectos susceptibles de análisis, ninguna mácula enturbia el trabajo definitivo de Screaming Trees. Dust es una de esas contadas obras maestras del rock creadas desde –y dirigidas hacia– las entrañas. Lanegan se consagra como vocalista de gran altura, la selección de temas quita el hipo, la producción es perfecta y toda la banda se descubre atravesada por un extraordinario estado de gracia. Compañero y causante de muchos desvelos para quienes se adentraron en él, Dust únicamente podía otorgar la gloria al grupo o enclaustrarle en el polvoriento anonimato. Adivinen lo que ocurrió.

Sweet oblivion (1992)

La banda alcanza la mayoría de edad y se gradúa cum laude en la titulación de rock contemporáneo. Canciones de muchos quilates –la celebrada Nearly lost you, la imponente Shadow of the season, el espeluznante medio tiempo Winter song, la más folkie Dollar bill– en los surcos de un disco que cumplía todos los requisitos exigibles para conceder a sus autores visado para la eternidad.

Anthology: SST years 1985-1989 (1991)

Visitar esta selección, cribada con gusto entre el material de sus cuatro entregas para SST, es asistir al desarrollo de la identidad de Screaming Trees: de la primeriza absorción y reflejo de influencias al forjado de una voz propia. Destaca la representación de los discos Invisible lantern (1988) y Buzz factory (1989), con temas del calibre de Walk through to this side, Black sun morning e Ivy, recuperada el año pasado [2004] en el repertorio de directo de Mark Lanegan.

Si te gusta Screaming Trees, te gustará…

Wipers: Youth of America (1981)

La aproximación al punk desde la psicodelia, o a ésta desde el punk, ya la habían probado los Wipers en su segundo álbum. Condenado a engrosar la tercera fila de los nombres ilustres del punk estadounidense, la influencia de Greg Sage se rastrea sin embargo fácilmente en las generaciones posteriores. Kurt Cobain se apropió sin disimular de la porción más febril y claustrofóbica de su cancionero, la del disco Is this real?, mientras Screaming Trees le tributaron homenaje de manera más recatada.

R.E.M.: Lifes rich pageant (1986)

Michael Stipe fue otra de las debilidades compartidas por Lanegan y el líder de Nirvana. Ambos admiraban su capacidad para firmar canciones inatacables y la maña para gestionar el acceso de REM a territorios masivos sin comprometer la esencia de la banda. El recio rock de guitarras –a veces ligeramente agrio, otras más sutil– que abona este disco fue uno de los fertilizantes más empleados en las siembras de la independencia de los años 90.

Kyuss: Blues for the red sun (1992)

La conexión más carnal: Josh Homme cumplió como segundo guitarrista en la gira de Dust. Lógico, teniendo en cuenta la impronta de su maestría a las seis cuerdas estampada en los cuatro largos de Kyuss. Otro acercamiento relevante –después llegarían la etiqueta stoner y el éxito planetario de la mano de Queens of the Stone Age– al rock setentero, en su caso cocinado a la altísima temperatura de las dunas californianas y saturado de estupefacientes.

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