Killing Joke, la más macabra de las bromas

La formación original de Killing Joke en Colonia (Alemania), en febrero de 1982.

La formación original de Killing Joke en Colonia (Alemania), en febrero de 1982.

De difícil localización en nuestro mercado, los primeros trabajos de Killing Joke en el amanecer de los años ochenta marcaron un punto y aparte ineludible para la génesis del rock inventado a lo largo de las dos décadas posteriores.

Oscuros, influyentes y catárticos, esos discos se reeditaron en 2005 con el añadido de remezclas y tomas no oídas anteriormente.

Por ese motivo, en octubre de ese año escribí este perfil del grupo en el número 140 de la revista ‘Todas las Novedades’, publicación pionera en la prensa musical gratuita de Madrid que desapareció en 2006.

Entonces, como ahora, escuchar a Killing Joke es celebrar y bailar una danza muy particular, la del fuego y el combate, en honor a la más macabra de las bromas: la vida.

TAMBORES DE GUERRA

Es, seguramente, una historia tan larga y longeva como la misma existencia del ser humano y concierne a su capacidad para la comunicación. Esa habilidad innata que le une al resto de los animales al tiempo que traza una barrera insalvable entre ambos mundos.

Antes del desarrollo del lenguaje escrito hubo habla, transmisión oral, fluir de conocimientos de boca en boca. Y, con una alta certeza, antes aún ya hubo música, ya existía una forma de comunicar entre semejantes mediante la rudimentaria emisión de sonidos, bien fuera percutiendo piedras o gritando. Ruido, en cualquier caso, para salvar la distancia y forjar vínculos.

Repitiéndolo varias veces se obtendría el ritmo más primario.

Percusión, gritos y ritmo. Una primigenia expresión musical que podría desempeñar diversos cometidos. Para festejar, para ahuyentar espíritus o convocar fuerzas afines, para generar identidad.

Viene toda esta parrafada a cuento de Killing Joke, sí. Reunida tras el espasmo, las convulsiones y el colapso final del punk, la banda británica fue a finales del siglo pasado uno de los más claros exponentes de esa ancestral historia de ritos colectivos y danzas tribales, del ritmo sentido como contagio pero también como satisfacción de una necesidad individual destinada al sofoco de ese fuego interior que impulsa a crear.

Sólo que, en su caso, esa historia era interpretada en un idioma cercano, el rock, en el que todos esos elementos y funciones ya están presentes en mayor o menor medida.

Killing Joke, además, sí alcanzaron la ansiada conjunción entre fondo y forma de la narración: si una de sus canciones se titula ‘Tension’, eso es lo que se siente al escucharla; cuando suena ‘Wardance’, se nota que las espadas están en todo lo alto.

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BAILA MIENTRAS TE QUEMAS

Las canciones de Killing Joke, bañadas por un barniz tenuemente metalizado que se iría acentuando progresivamente, atraían por igual a fans del rock gótico, punks revenidos, el sector enterado de la vanguardia rockera, jóvenes buscando el trance vía guitarras antes de la era rave,… Exactamente lo mismo que ocurriría con las de Trent Reznor unos diez años después.

¿Casualidad? Difícil sostener esa posibilidad. Lo que hicieron Nine Inch Nails fue recoger el testigo de un culto que músicos de distinto pelaje venían profesando.

Si citamos los nombres de Metallica, Shellac, Moby, Jesus Lizard, Therapy, Rammstein, Foo Fighters o los vascos Akauzazte, encontraremos que el único posible común denominador entre todos ellos reside en su atracción por la música de Killing Joke.

El caso de Dave Grohl va más allá de la anécdota ya que el batería pasó de admirador rendido a ser parte de la banda en 2003, participando en el muy notable -y muy metálico- álbum que registraron ese año.

Era su tercer retorno, dado que en 1994 ya se habían juntado de nuevo tras un hiato de cuatro inviernos en el que vieron cómo la herencia de sus primeras composiciones alcanzaba gran resonancia gracias a Ministry, principalmente. Entonces editaron ‘Pandemonium’, intento de actualizar una propuesta cuyos continuadores estaban rentabilizando sobradamente.

El primer regreso se había producido en 1990 con ‘Extremities, dirt and various repressed emotions’ después de que la formación tocara fondo un par de años antes, cuando la publicación de ‘Brighter than a thousand suns’ había mostrado a un grupo con muy pocas cosas que decir, con el tren perdido y muy difícilmente reconocible en un disco que tenía más de tecno pop impostado que de su anterior energía industrial.

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Donde habita lo mejor, lo más esencial, de la discografía de Killing Joke es en sus primeras obras. En ellas -los singles ‘Change’, ‘Nervous system’ o ‘Pssyche’; los dos primeros discos, por supuesto- el grupo sentó las bases de su sonido y, al igual que sucede con las grabaciones iniciales de otros pioneros (Black Sabbath, Kraftwerk, The Slits o Pixies, por ejemplo), en esas canciones se aprecia la frescura de una música sin fórmula preestablecida, destinada a convertirse en molde, en paradigma a seguir en el futuro, paradójicamente.

Paul Ferguson, Jaz Coleman, Youth y Geordie, el cuarteto original, dieron vida a una música atrevida y fronteriza, cuya idiosincrasia se reflejaba no sólo en esas guitarras que suenan como si un cuchillo rasgara las cuerdas o en la trepidante percusión sino también en el reconocible trabajo gráfico de Mike Coles.

Posteriormente, el fuego que les quemaba se iría apagando -pasaron una temporada en Islandia, decisión motivada por el abrazo del vocalista a teorías ocultistas- pero sus rescoldos darían calor a brasas venideras.

GUÍA DE ESCUCHA

Desde la misma cubierta se advierte que algo subversivo y peligroso está siendo preparado en la penumbra. En el interior, la amenaza se concreta en uno de los discos más representativos de la resaca tras el punk. Percusión marcial, asfixia pre-industrial y algunas de las canciones que alcanzarían la categoría de himnos (oscuros) de una época.

Muy pocas diferencias con respecto a su predecesor. Killing Joke consolidan su oferta en un trabajo que remarca una personalidad forjada desde el punk, el pop sintético, el funk y el aliento metálico de sus canciones. Algunas de las de este disco son las más destacadas de su carrera, como ‘Follow the leaders’, ‘Tension’ o ‘The fall of because’.

Grabado a la conclusión del periplo islandés y con un nuevo bajista en sus filas, Paul Raven, puede resultar el disco más recomendable para iniciarse en el catálogo del grupo. Más fácil de asimilar, más pop se podría decir, el cuarto larga duración de Killing Joke reduce la inquina de las entregas previas pero mantiene sus constantes vitales.

SI TE GUSTA KILLING JOKE, TE GUSTARÁ…

Hay una línea imaginaria que principia en Joy División, continúa en Killing Joke y llega a Big Black en imparable progresión hacia la devastación más absoluta. El primer grupo de Steve Albini es pura sosa caústica que derrite a Kraftwerk y a Gang of Four hasta llegar al hueso y dejarlo al descubierto: funk, punk y distorsión chirriante en su mínima expresión.

La línea alcanza su final y cesa abruptamente. Después de ‘Selfless/Merciless’, nada. Elevando al cubo la ingente carga explosiva de Killing Joke, Justin Broadrick (también en Napalm Death, Techno Animal y Jesu) revienta el metal desde el dub en 140 minutos salvajes, abrumadores, terroríficos. Si alguna vez ha parecido que hay luz al final del túnel, este disco lo confirma. Lo malo es que se trata de un tren.

Puesto que el mundo estaba equivocado, decidimos ahogarnos. O cómo burlar la presión, sortear expectativas y actuar únicamente en función de la propia voluntad. Liars lo hicieron con su segundo disco, venciendo al bullicio e ignorando el revuelo armado un par de temporadas antes (Strokes, Radio 4, Yeah Yeah Yeahs, ellos mismos). Se salieron por la tangente con un disco que carece precisamente de lo que les alzó a esa posición: canciones.

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